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  • Foto del escritorDAMG.

la vida como obra auténtica.


¿Nacemos con una vida marcada? o ¿vamos marcando la vida desde que nacemos? Como buen curioso y partidario del poco deseo que tengo de tomar una decisión unánime por el miedo al ser arrojado a un solo camino perdiendo la posibilidad de disfrutar, al menos, una parte de ambos, me coloco justo en el medio, es decir, me sujeto a que ambas partes son correctas.


Partamos de la concepción de que somos proyecto pues, solo somos una serie de decisiones que actúan bajo una serie preestablecida de posibilidades, es decir, decisiones a partir de ciertas circunstancias y, son estas ciertas circunstancias las que se encuentran fuera de nuestro alcance de modificación, dándonos una especie de vida marcada, siendo meramente arrojados al mundo y criados de una manera más allá de nuestra comprensión en un presente activo a la sucesión de estos actos, a partir de esto solo nos queda aceptar y, en la medida de nuestra posibilidad de comienzo, empezar a tomar decisiones a partir de estas posibilidades que se nos presenten, por ello las decisiones tienen un peso invaluable a lo largo de nuestra existencia, es un lujo poder tomar decisiones, esto es prueba de que las posibilidades que nos abrazan son más de una, es decir, podemos elegir sobre nuestra vida y no solo caminar como una especie de existencia fantasmagórica sobre un camino completamente cerrado y unidireccional, en este sentido poder dar vueltas es un privilegio que no debemos dejar que se nos escape. Cada elección hecha, cada camino tomado, cada vuelta dada, son acciones que van dejando un rastro, decisiones vueltas pasos que vamos marcando sobre un camino, ciertamente el camino de la vida, una vida que de entrada ya estaba previamente marcada como el lienzo de nuestra pintura o el pentagrama de nuestras partituras, es decir, con cada decisión marcamos una vida marcada, o sea, a cada paso remarcamos la vida.


Entre todo el cúmulo de posibilidades que se nos presentan existe una que todos compartimos en vida, que es la posibilidad de la imposibilidad de posibilidades, es decir: morir. La muerte hace de nuestra vida un asunto serio, es por ello que el proyecto personal es la primer obra en vida de cada persona, indiscutiblemente y como previamente vimos, a cada paso que damos marcamos y, como si en nuestras suelas hubiese pintura acrílica de color, vamos trazando, a medida de nuestro camino, como pinceladas en un lienzo, una figura que tornará en pintura al ser completada cuando el acrílico que descansa en nuestras suelas se termine, es decir, cuando los pasos cesen. Es, por lo tanto, el trabajo de toda una vida, una obra en proceso, una pieza en duración perpetua, una sinfonía que se termina cuando el instrumento que produce la música colapsa. Puntualicemos un factor importante: la sorpresa. Pues ese momento del colapso llega sin previo aviso, no es un visitante que toca la puerta, solo la abre, llega sin que sepamos cuándo llegará, pero llega, y es ese “llega” lo que le da todo el sentido a la pintura, a la sinfonía, a la vida misma, una especie de recolección de la obra en proceso, un nacimiento opuesto, un camino en dirección contraria, es por ello que el nacimiento y la muerte juegan en un mismo punto, colocando así esta línea que los separa en un punto quizá más enaltecido y grande que la combinación de esta dualidad de actos que padecen al humano pues, en ese caso, deja de tomar importancia cómo se nace y cómo se muere, al final es cómo se vive, aquel grosor de la línea que separa estos actos, lo que va puntualizando y generando un camino en virtud de una marca personal, de la pintura que dejamos, de la sinfonía que la vida misma nos reclama.


Focalicemos nuestro ojo en otro punto que me parece importante: los marcos de una obra auténtica. Cada pincelada se da en un punto previamente marcado: el lienzo. ¿No es pintar cualquier cosa dentro de un lienzo una obra que ya carece de autenticidad por el simple hecho de encontrarse dentro del lienzo? La autenticidad bajo estos términos jugaría en la posibilidad de salirse de ese marco y pintar fuera del lienzo, pero eso haría del mundo otro lienzo, o mejor, haría del mundo un marco sobre el cual colocar nuestra pintura, pero, realizando una traducción, no se puede vivir una vida fuera de la vida misma o ¿sí?, ¿qué es aquello que concebimos como vida?, ¿se puede vivir fuera de esa pre-concepción de vida? No hay nada nuevo bajo el sol y buscar un hilo negro en definitiva es una búsqueda inalcanzable que nos arrojará a un sinfín de ilusiones que se quedarán así: ilusorias. Lo que hay son un gran número de piezas ya dadas en el mundo, de las cuales disponemos en su variación y, es qué hacemos y cómo hacemos lo que hacemos con estas piezas lo que en realidad da esa autenticidad, es decir ¿no es la autenticidad valida solo dentro de sus marcos limitantes?, traduciendo, ¿no es el acto de vivir válido solo dentro de los marcos de la vida misma?, mejor, ¿no es el acto de vivir válido solo dentro de los marcos de la existencia misma? Pues vivir es un acto posterior a existir, es decir, uno existe pero ¿vive realmente? Pensemos en el siguiente ejemplo, un artista que busca exponer una obra en forma y fondo titulada “destrucción del lenguaje” utiliza el mismo lenguaje para invitar a los espectadores a presenciar la obra, no sería más auténtico utilizar una invitación la cual sea propia de una misma destrucción del lenguaje, es decir una invitación con palabras en desacomodo y descomposición que no figuran un significado, algo así como: “asdfghjk”. Definitivamente corre el riesgo de que nadie asista e incluso de que nadie se entere de lo que hace por el simple hecho de que no hay una presentación marcada, no hay unos marcos sobre los cuales caminar y concebir lo que busca expresar, pero ¿no es esto más auténtico? ¿no se vuelve, al final, esta invitación descompuesta la obra activa del artista? Al final la autenticidad se mueve bajo un marco, no se puede ser auténtico realmente pues esto supondría abandonar ese marco y llegar a una especie de comprensión contraria, es decir una des-comprensión, algo que se vuelve nulamente comprensivo, ¿no es entonces aquellas cosas que no comprendemos un “algo” auténtico? Ese algo que se sale de nuestro marco de comprensión, por el simple hecho de salirse y colocarse fuera de esos límites pre-establecidos ¿ya genera una autenticidad más auténtica? en caso afirmativo solo sería por un periodo de tiempo pues, al final el marco crece, y son aquellas disyuntivas del marco las que hacen ampliar al mismo, es decir, toda cosa nueva al principio causa miedo, irrupción y opresión, pero al final termina agrandado el marco de la aceptación. Así como vamos aceptando vidas que se viven de distintas formas, que buscan en su existencia vivir fuera de otras pre-concepciones de vida.


Al final siempre nos encontraremos bajo un marco perceptivo y de cierta forma lo único que podemos hacer para ser auténticos realmente es jugar bajo las reglas de la ilusión tratando de salirnos de esos marcos que al final se encontrarán dentro de los mismos, es pues imprescindible prescindir de un marco, pero esto nos arroja a un punto más interesante, en el cual podemos elegir bajo qué marco nos gustaría presentarnos, no se trata de tomar el marco y aventarlo por la borda, es simplemente dar cuenta de cuál es el marco que nos encaja mejor (incluso cuando este marco sea un “sin maco”), se trata de definir y decidir el espacio en el cual buscamos movernos para así poder realizar una ruta en virtud de nuestra marca personal, es elegir el instrumento en el cual pintaremos nuestra sinfonía, en el cual imprimiremos una parte de nuestro camino, intentar ser auténtico es solo una parte de la firma espuria, es pues una ilusión que sirve como motor, un motor que si no se establece como tal puede dirigir directo a vacíos, es por ello que es preciso realizar esta puntualización en virtud de crearnos nuestro propio camino sobre ese vacío y no toparnos con él cayendo deliberadamente. Ser auténtico es al final, poco auténtico.

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